
El turismo es una de las mayores industrias globales. El sector supone casi la décima parte del PIB y del empleo del mundo, según datos de la Organización Mundial del Turismo y del Informe sobre Población Mundial de Naciones Unidas.
Como industria colosal que es, el turismo repercute en todos los aspectos de la vida: las intersecciones con las esferas social, tecnológica, ecológica, política y, por supuesto, económica, son fáciles de observar. También es evidente el impacto negativo que ha tenido a lo largo de los años un turismo desestructurado y masificado, que ha contribuido entre otras cosas a la destrucción del medio ambiente y a la estacionalidad y precariedad laboral. Por suerte, del mismo modo, también tiene un enorme potencial como palanca de cambio. El turismo tiene puntos de contacto con un número increíblemente elevado de actividades que involucran a muchísimas personas y agentes, si estos puntos y acciones se activan conscientemente, una nueva forma de concebir y hacer turismo puede impulsar transformaciones sistémicas en el resto de esferas y podría contribuir a mitigar el cambio climático y a distribuir la abundancia y el bienestar.
«Un turismo bien hecho (sostenible, local) puede aportar mucho a las economías locales, contribuir a la protección del medioambiente, del patrimonio cultural, la distribución de la riqueza… Pero, ¿puede la industria turística cambiar de rumbo?»
Hasta la fecha, la industria turística se ha medido a través de indicadores exclusivamente económicos: la atención suele centrarse en el número de turistas que visitan el destino, la cantidad de dinero que gastan y cómo se pueden aumentar esos resultados. Es esta mentalidad crecentista la que impide que los destinos avancen en una dirección sostenible, ya que la dimensión económica suele ser la única que dicta las decisiones y estrategias tanto del sector público como del privado. Se crean puestos de trabajo, si, pero gran parte de la propiedad de las empresas es internacional -o no local- y los daños medioambientales y sociales del turismo excesivo divergen muchos de los beneficios económicos positivos que esta actividad aporta en los territorios destino (1).
La filtración turística o “tourism leakage”, como se denomina este fenómeno, es lo que impide que algunas economías dependientes del turismo reinviertan lo suficiente en su territorio y comunidad para fomentar un desarrollo sostenible y equitativo. A esto hay que añadir que la población local también suele tener muy poca influencia en las decisiones que determinan el papel que el turismo desempeña en sus vidas.
El turismo responsable y sostenible puede y debe empezar por el reconocimiento y atención a las necesidades de las comunidades de destino, es decir, tiene que fundamentarse en una gestión equilibrada de las necesidades de los visitantes, los residentes, el medio ambiente y la economía. Esa gestión ha de tener en cuenta e involucrar a todas las partes interesadas de la comunidad en una “mesa común” que permita debatir estrategias para abordar los retos de la vida y economía local en relación al turismo. Sin la participación de las personas residentes y las comunidades locales difícilmente se pueden conseguir cambios significativos en estas dinámicas y poner en marcha un modelo de turismo más sostenible.
«El turismo puede ser una poderosa herramienta de progreso comunitario y reducción de la desigualdad si involucra en su desarrollo a la población local y a todos los agentes clave. El sector puede contribuir a la renovación urbana y al desarrollo rural, y a reducir los desequilibrios regionales, brindando a las comunidades la oportunidad de prosperar en su lugar de origen» (2)
Es precisamente partiendo de esa idea que estamos trabajando en el diseño y puesta en marcha de un proyecto piloto de turismo sostenible en la comarca de Laciana (León). Tomando como referencia las ideas clave que extrajimos del proceso de investigación y participación Viajando al Futuro desarrollado entre 2021 y 2022 -donde dimos forma a escenarios de futuro deseables y sostenibles en relación al turismo junto con agentes y habitantes de distintos territorios del estado-, a lo largo de los siguientes meses vamos a trabajar con la Diputación de León y el Ayuntamiento de Villablino para poner en marcha un programa para el impulso del turismo sostenible en el Valle de Laciana. Contamos para ello con una nueva persona en nuestro equipo de trabajo, Monica Franco Valledor, que además de ser periodista musical, DJ, y estar especializada en planificación estratégica publicitaria, desde hace unos años trabaja de manera independiente desde la montaña occidental leonesa, experimentando la nueva ruralidad (y la vuelta a las raíces de su familia) y participando en proyectos comunitarios.
El valle de Laciana (Tsaciana en Patsuezu), es una comarca leonesa situada entre El Bierzo, Babia y Asturias. Es conocida por haber sido uno de los centros de producción carbonífera más importantes de la Península. Sus minas empezaron a cerrar a mediados de los 90, y la última explotación minera se clausuró en 2018, pero el decrecimiento de su población ha sido paulatino hasta hace una década. De los cerca de 16.000 habitantes que llegó a tener, ahora solo se cuentan unos 8.000, y la población femenina es la que más se ha resentido: ahora hay un 67% menos de mujeres entre 14 y 39 años que en 2001. Es la zona de España donde existe una mayor brecha de género en términos de despoblación. Curiosamente la minería permitió la conservación de un entorno natural que permanece prácticamente virgen, ya que la actividad extractiva se concentraba en determinados puntos y dejaba de lado otros. Esta singularidad hizo que en el año 2003 la Unesco declarara a esta región Reserva de la Biosfera.
Actualmente Laciana intenta frenar la pérdida de población con la promoción de nuevas actividades económicas, como el turismo, con proyectos como Centro de Interpretación de los Castros, Senderos de Laciana, y realidades, como la Estación de esquí de Leitariegos, la Vía Verde de Laciana, el Centro del Urogallo y el rico patrimonio cultural y natural. Además de contar con un patrimonio histórico y natural reconocidos, este territorio cuenta con una cultura y sentido de pertenencia fuertes: muestra de ello son las iniciativas socio culturales de la zona como el Festival de Samhain o la Feria del libro de Laciana. Además, a diferencia de otros valles limítrofes, cuenta con infraestructuras sociales, económicas y turísticas básicas -muchas heredadas de los años de bonanza de la minería- sobre las que poder elaborar nuevas estrategias.
Ya hemos empezado a trabajar con las instituciones públicas locales, y a partir de febrero vamos a abrir los espacios de trabajo y diseño del proyecto a otros agentes y personas del valle: personal técnico de distintas áreas y entidades locales, personas que cuentan con empresas del sector primario o la hostelería, autónomos/as de distintos sectores, asociaciones cívicas y culturales… De los muchos y diversos retos detectados en la fase anterior, el piloto de Laciana trabajará por desarrollar estrategias innovadoras en relación a dos necesidades específicas que se han identificado como más urgentes y prioritarios:
¿Cómo podemos ayudar a la profesionalización y excelencia de la oferta existente en claves de sostenibilidad?
¿Cómo podemos crear redes de intercooperación entre agentes proveedores de servicios turísticos y agentes socioeconómicos del territorio para fomentar la circularidad y sostenibilidad?
Notas al pie
(1) En el Caribe, por ejemplo, una de las regiones del mundo más dependientes del turismo, la Agencia Mundial del Turismo calcula que sólo el 20% del dinero gastado por los turistas va a las empresas y trabajadores locales. El resto va a parar a agentes extranjeros, normalmente de economías más desarrolladas que comercian con la región o invierten en ella.
(2) Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Objetivo 10: reducción de las desigualdades
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